La nueva evangelización y la Santa Liturgia.

Las cinco llagas del Cuerpo Místico y litúrgico.

 

Lo que la iglesia ha enseñado siempre y que nuestro corazón desea.

Para hablar correctamente de la nueva evangelización es indispensable que levantemos nuestra mirada hacia quien es el verdadero evangelizador, nuestro señor Jesucristo el salvador, el verbo de Dios hecho hombre. El hijo de Dios vino a esta tierra para expiar y rescatar el pecado más grande, el pecado por excelencia.

Y este pecado por excelencia de la humanidad consiste en rehusarse a adorar a Dios, en rehusarse a reservarle el primer lugar, el lugar de honor. Este pecado de los hombres consiste en que no quiere prestarle atención a Dios, en que no se quiere a Dios, en que no se quiere arrodillarse delante de Dios y sin embargo se quieren ver los detalles que nos liberan de Dios y de la adoración que se le debe.

Frente a esta actitud, la encarnación de Dios es molesta, así como de reflejo es molesta la presencia real de Dios en el Misterio Eucarístico, molesta la centralidad de la Presencia Eucarística de Dios en las iglesias. De hecho el hombre pecador quiere ponerse en el centro, ya sea en el interior de la iglesia que durante la celebración eucarística, quiere que lo vean, quiere que lo noten.

altar antropocentrismo

Esta es la razón por la que Jesús Eucaristía, Dios encarnado, presente en el sagrario bajo las especies eucarísticas, se prefiere colocarlo a un lado. Incluso la representación del crucificado en la cruz en medio del altar es molesta en la celebración frente al pueblo, ya que el rostro del sacerdote quedaría escondido. Entonces la imagen del crucificado al centro así como Jesús eucaristía en el sagrario en el centro del altar, son molestos. De consecuencia la cruz y el sagrario se colocan a un lado.  Durante la celebración, quien asiste tiene que poder mirar todo el tiempo el rostro del sacerdote, y él se complace al ponerse literalmente al centro de la casa de Dios. Y si por error se deja a Jesús eucaristía en el sagrario en el centro del altar, porque la secretaria de monumentos históricos, incluso bajo un régimen ateo, prohibió moverlo por razones de conservación del patrimonio artístico, el sacerdote a menudo durante la celebración litúrgica le da la espalda sin ningún escrúpulo. ¡Cuántas veces valientes fieles adoradores de Cristo, en su sencillez y humildad, habrán exclamado!: “¡Benditos monumentos históricos! Al menos ustedes nos dejaron a Jesús al centro de nuestra Iglesia.”

Misa rezada portada

Sólo a partir de la adoración y de la glorificación de Dios la Iglesia puede anunciar en forma adecuada la palabra de verdad, es decir evangelizar. Antes de que el mundo escuchará a Jesús predicar y anunciar el reino, Jesús, el Verbo Eterno hecho carne, calló y adoró durante treinta años. Esto quedará para siempre como la ley de la vida y de la acción de la Iglesia, así como de todos los evangelizadores. “Es según la manera como se cuida la liturgia que se decide la suerte de la fe y de la Iglesia”, dijo el cardenal Ratzinger, nuestro actual santo padre y papa Benedicto XVI (en aquel entonces Benedicto XVI). El concilio Vaticano II quería recordar a la Iglesia la realidad y la acción que debían tomar el primer lugar en su vida. Es precisamente por esto que el primer documento conciliar está dedicado a la liturgia. En él concilio nos da los siguientes principios:

En la Iglesia y de ahí en la liturgia, lo humano tiene que orientarse hacia lo divino y quedarse subordinado, y asimismo lo visible en relación a lo invisible, la acción en relación a la contemplación, y el presente en relación a la ciudad futura a la que anhelamos (cfr. Sacrosanctum Concilium, 2). Nuestra liturgia terrenal participa, de acuerdo con la enseñanza del vaticano II, preguntando la liturgia celestial de la ciudad santa, Jerusalén (cfr. Idem, 2). Por eso, todo en la liturgia de la santa misa debe servir a expresar en manera más clara la realidad del sacrificio de Cristo, es decir las oraciones de adoración, de agradecimiento, de expiación, de petición, que el eterno sumo sacerdote presentó a su padre.

El rito y todos los detalles del santo sacrificio de la misa deben girar alrededor de la glorificación y adoración de Dios, insistiendo en la centralidad de la presencia de Cristo, tanto en el signo y en la representación del crucifijo, como en su presencia eucarística en el sagrario, y sobre todo en el momento de la consagración y de la santa comunión. Más se respeta esto, menos el hombre se pone en al centro de la celebración, menos la celebración se asemeja a un círculo cerrado, sino que está abierta al Cristo, también en la forma exterior, como una procesión que se dirige hacia Él con el sacerdote al frente, más una celebración litúrgica de este tipo reflejará fielmente el sacrificio de adoración de Cristo en la cruz, más ricos serán los frutos que los asistentes recibirán en sus almas, procedentes de la glorificación de Dios y más el Señor los honrará.

En verdad más buscarán el sacerdote y los fieles la gloria de Dios durante las celebraciones eucarísticas y no buscarán la gloria de los hombres, y no tratarán de recibir la gloria los unos de los otros, más Dios los honrará permitiendo que su alma participe en manera más intensa y más fecunda de la gloria y el honor de su vida divina.

Actualmente y en varios lugares de la tierra, hay numerosas celebraciones de la Santa Misa de las cuales se podrían decir las siguientes palabras, inversamente a las palabras del salmo 113, 9: “A nosotros, o señor, y a nuestro nombre dona la gloria”. Además a estas celebraciones se aplican las palabras de Jesús: “¿Cómo pueden creer, ustedes que reciben su gloria los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene solo de Dios?” (Juan 5, 44).

El Concilio Vaticano II emitió los siguientes principios respecto a una reforma litúrgica:

  1. Durante la celebración litúrgica, lo humano, lo temporal, deben orientarse hacia lo divino, lo eterno, hacia la contemplación y tener un rol subordinado en relación a estos últimos (cfr. Sacrosanctum Concilium 2).
  2. Durante la celebración litúrgica, se tendrá que alentar la concientización de que la liturgia terrenal participa de la liturgia celestial. (cfr. idem, 8).
  3. No debe haber innovación alguna, por lo tanto alguna nueva creación de ritos litúrgicos, sobre todo en el rito de la misa, excepto si esto se da para fruto verdadero y seguro a favor de la Iglesia, y a condición de que se actúe con prudencia y que eventualmente las formas nuevas sustituyan de manera orgánica las formas existentes (cfr. idem, 23).
  4. Los ritos de la misa deben expresar lo sagrado más explícitamente (cfr. idem, 21).
  5. El latín se tiene que conservar en la liturgia y sobre todo en la santa misa (cfr. idem. 36 y 54).
  6. El canto gregoriano tiene el primer lugar en la liturgia (cfr. idem, 116).

Los padres conciliares veían sus propuestas de reforma como la continuación de la reforma de S. Pio X (cfr. idem, 112 e 117) y del siervo de Dios Pio XII y en efecto la encíclica Mediator Dei del papa Pío XII es la más citada en la constitución litúrgica.

Papa Pío XII dejo a la Iglesia, entre otros, un principio importante de la doctrina sobre la santa liturgia, es decir la condena de lo que se llama “arqueologismo litúrgico”, cuyas propuestas coincidían ampliamente con las del sínodo jansenista y con tinte protestante (realizado) en Pistoia en el año 1786 (cf. Mediator Dei, núm. 63-64) y que recuerdan las ideas teológicas de Martín Lutero.

Esto porque ya el concilio de Trento había condenado las ideas litúrgicas protestantes, especialmente la acentuación exagerada de la noción de banquete en la celebración eucarística en perjuicio del carácter de sacrificio, y en la eliminación de los signos unívocos de la sacralidad como expresión del misterio de la liturgia (cfr. Concilio de Trento, sessio XXII).

Las declaraciones litúrgicas doctrinales del magisterio, como en el caso del concilio de Trento y de la encíclica Mediator Dei, que se reflejan en una constante y universal práctica litúrgica secular, desde hace más de un milenio, estas declaraciones, entonces, forman parte de aquel elemento de la santa tradición que no se puede abandonar, so pena de causar graves daños en el plano espiritual. Estas declaraciones doctrinales sobre la liturgia, las volvió a tomar el concilio Vaticano II, como se puede constatar leyendo los principios generales del culto divino en la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium.

Como error concreto en el pensamiento y en la actuación del arqueologismo litúrgico, el papa Pío XII cita la propuesta de darle al altar la forma de una mesa (cfr. Mediator Dei no. 62). Si ya el papa Pío XII rechazaba el altar en forma de una mesa, ¡imagínense si no hubiera necesariamente rechazado la propuesta de una celebración alrededor de una mesa versus populum (volteados hacia el pueblo)!

Si Sacrosanctum Concilium al no. 2 enseña que, en la liturgia, la contemplación debe ser prioritaria y que toda la celebración de la misa debe orientarse hacia los misterios celestiales (cfr. no. 2 y no 8), se encuentra en ella un eco fiel de la siguiente declaración [del concilio] de Trento que decía:

“Ya que la naturaleza humana es tal que no se inclina fácilmente hacia la meditación de las cosas divinas sin algunos pequeños recursos exteriores, la madre Iglesia, en su benevolencia, estableció unos ritos preciosos; ella, sustentándose en la enseñanza apostólica y en la tradición, recurrió a algunas ceremonias, como las bendiciones místicas impregnadas de misterio, cirios, inciensos, ornamentos litúrgicos y muchos otros elementos; todo esto deberá atraer los espíritus de los fieles, por estos signos visibles de la religión y de la piedad, hacia la contemplación de las cosas sublimes.” (Sessio XXII m, cap. 5).

Las enseñanzas del magisterio de la Iglesia ya citadas y sobre todo la de Mediator Dei fueron reconocidas sin duda alguna también por los padres conciliares y consideradas plenamente válidas; consecuentemente ellas deben seguir siendo plenamente válidas aún hoy en día para todos los hijos de la Iglesia.

En la carta dirigida a los obispos de la Iglesia Católica, junto con el Motu Propio Summorum Pontificum del 7 de julio del 2007, el papa hace esta importante declaración: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero nunca ruptura. Lo que era sagrado para las generaciones anteriores, debe quedarse sagrado y grande también para nosotros”. Al decir esto, el papa expresa el principio fundamental de la liturgia que el concilio de Trento y el papa Pío XII nos han enseñado.

Si observamos objetivamente y sin ideas preconcebidas la práctica litúrgica de la gran mayoría de las iglesias en todo el mundo Católico donde se usa la forma ordinaria del rito romano, nadie puede negar honestamente que los seis principios litúrgicos mencionados por el Concilio Vaticano II sean poco o incluso nada respetados, aunque se declare equivocadamente que esta práctica de la liturgia fue favorecida por el Concilio Vaticano II. Hay un buen número de aspectos concretos en la práctica litúrgica actualmente dominante, en el rito ordinario, que representan una verdadera ruptura con una práctica religiosa constante desde hace más de un milenio. Se trata de los cinco usos litúrgicos siguientes que se pueden considerar como las cinco llagas del cuerpo místico de Jesucristo. Se trata de llagas, porque ellas representan una ruptura violenta con el pasado, porque dan menos resalte al carácter sacrificial que es por supuesto el carácter central y esencial de la misa, y ponen en primer lugar el banquete; todo esto disminuye los signos exteriores de la adoración divina, porque ellas (las llagas) le quitan importancia al carácter del misterio en lo que tiene de celestial y eterno. Respecto a estas cinco llagas, se trata de las que -con excepción de una (las nuevas oraciones en el ofertorio)- no están previstas en la forma ordinaria del rito de la misa, sino que fueron introducidas con la práctica, en modo deplorable.

+ Athanasius Schneider,

Obispo Auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana, Kazajistán.

Fuente: LAS CINCO LLAGAS DE LA LITURGIA. Mons. Athanasius Schneider

Categories: Iglesia

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