Raro y doloroso es el privilegio de vivir en los tiempos de la Pasión de la Iglesia.

A partir de ese creciente interés en la esjatología y la teología de la historia que signó a la reflexión teológica de la sanior pars de la intelectualidad sacerdotal en Iberoamérica (recordemos las figuras de los padres Orlandis, Castellani, Van Rixtel, Straubinger, Lira y Alcañiz) durante la primera mitad del siglo XX, resurgió fuertemente la idea, de reminiscencias patrísticas y también monfortianas de que la segunda venida de Cristo iría acompañada por circunstancias semejantes a la primera.

Ya con la crisis desatada del Concilio Vaticano II, el recordado padre cordimariano Antonio Pacios escribió un libro memorable, titulado La Pasión de la Iglesia. Allí nos presentaba la vida de la Iglesia como un asunto de la vida de Nuestro Señor, brindándonos diversas claves relativas a la consumación temporal e intrahistórica de la Iglesia, que, como Cuerpo Místico de Cristo, tendrá que pasar por el mismo destino de Cristo en los últimos momentos de su vida terrena. En síntesis, se ofrecía el siguiente itinerario, basado en una trasposición de la Hebdomada Sacra, iniciándose en el Domingo de Ramos: 1) Triunfo momentáneo de la Iglesia; 2) ministerio docente y espiritualidad como dos grandes ejes de la actividad papal; 3) rigor contra los profanadores del lugar sagrado; 4) preparación para el martirio; 5) traición desde dentro y complot con el poder secular; 6) centralidad de la Eucaristía y el sacerdocio;  7) agonía interior y sufrimiento; 8) abandono y martirio; 9) apostasía (la Iglesia aparecerá como sepultada).[1]

Como dijimos, raro y doloroso es el privilegio de vivir en los tiempos de la Pasión de la Iglesia. Raro, pues pocos precedentes se encuentran: ya hubo algunos tipoi de la gran tribulación final, significativamente aquel que hizo exclamar a san Vicente Ferrer, durante el Cisma de Occidente, en carta a Benedicto XIII, que el fin de los tiempos estaba cito bene cito, valde breviter, o cuando Pío VI, de feliz memoria, prisionero de los revolucionarios en Valence, moría en 1799, revestido de los ornamentos pontificios, sin siquiera recibir la extremaunción, pues el culto católico seguía prohibido en Francia.  Sin embargo, la crisis actual es aún peor, porque el estado espiritual de la humanidad es ahora infrabestial, con la legalización y proclamación como derechos de muchos de los peores vicios y crímenes, y, por sobre todo, por el grado de infiltración de errores morales y doctrinales gravísimos en la Jerarquía Eclesiástica, con el telón de fondo de la apostasía masiva de los bautizados.

¿Pero en qué sentido podríamos hablar de un privilegio, en medio del dolor indecible de ver que la casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida al fuego; y todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas (Is. 64:11)?

Hagamos una suerte de composición de lugar de aquella primera crisis de la Iglesia del Viernes Santo del año 33 d. C.

Tenemos al ochenta por ciento del Colegio Episcopal fugado y a un diez por ciento, abiertamente entregado al Demonio, puesto que ha traicionado y vendido a Nuestro Señor a los judíos. ¿Y el Papa? Por miedo a las criadas del Sumo Sacerdote, lo niega de manera contumaz y sistemática.

Si un peregrino hebreo cualquiera, ignorante de lo que había ocurrido hacía seis días, llegaba a celebrar la Pascua en aquel día de Parasceve, habría visto a las afueras de la Ciudad Santa a tres delincuentes crucificados. Jamás habría reconocido en uno de ellos al Hijo de Dios vivo, mucho menos en aquel que clamaba, rezando el Salmo: Deus Deus meus respice me; quare me dereliquisti? (…) Ego autem sum vermis et non homo obprobrium hominum et abiectio plebis! (Ps. 21): Mas yo soy gusano, y no varón; oprobio de los hombres, y desecho del pueblo.

Los judíos movían la cabeza ante ese oprobio: ¿Cómo aquel que resucitaba muertos y obraba toda suerte de prodigios hasta hace no mucho no se baja de la cruz? ¡Una señal indefectible de su impostura! Pero ignoraban, por su ceguera preternatural, que ya no es la hora de los milagros, sino de las tinieblas.

Ahora, en este mismo momento histórico, la Iglesia está crucificada y expuesta ante los ojos de la plebe global. ¿Cómo esa monstruosidad que carece siquiera de forma humana puede ser la Iglesia de Cristo? ¿Cómo aquella que vivificó pueblos y creó culturas, cómo aquella que contó hasta hace no mucho con milagros vivos como el Padre Pío, el Cura de Ars, Gema Galgani y otros no es siquiera capaz de propiciar una intervención divina o una mera reacción humana que enjugue por lo menos algunos de los esputos y deformidades que ultrajan su rostro? Y así como entonces, la chusma impía se burla y pasa de largo ante esa abyección aparente.

Pero, ¿quiénes están al pie de la Cruz? ¿Quiénes reconocen en ese gusano al Hijo de Dios? ¿Y en esa asquerosidad a la Iglesia de Dios, ante la hostilidad y la burla de las masas y la traición y el abandono por parte de los Pastores?

La Santísima Virgen María, las Santas Mujeres y un solitario obispo, intransigente y esjatológico, san Juan, que permanecen en oración dolorosa y amorosa ante el Crucificado; en cifra: los discípulos no solo de Jesús, sino de María. Esos son los que, en medio de la crisis histórica suprema, saben trascender la cortina de la carne, y reconocer, en medio de las traiciones y deformaciones, a la Iglesia de Cristo, a su Cuerpo Místico Sacrosanto. Esta gracia está reservada a los discípulos de María. De ahí la importancia fundamental del mensaje de Fátima y del cumplimiento en la historia de las previsiones de san Luis María Grignion de Monfort sobre los apóstoles de los últimos tiempos. ¡Qué gran privilegio! ¡Qué misteriosa pero profundísima vocación la de consolar a Cristo sufriente y agonizante en su Iglesia traicionada y crucificada!

Vivirla a través de la consagración perfecta a su Santísima Madre, especialmente en los momentos en los que la liturgia conmemora sus más grandes Misterios, nos hará acreedores quizá a la promesa inefable y sublime que recibió otro de los compañeros de Jesús en aquella hora aciaga y horrible, el más humilde, el más olvidado, figura de todos los triturados y deshonrados moral y materialmente por la presente civilización anticristiana: Verdaderamente te digo hoy: Estarás conmigo en el Paraíso. (Lc. 23:43.)

Ese ladrón robó el Paraíso – dice san Juan Crisóstomo –. Nadie antes de él escuchó una semejante promesa: ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni los profetas, ni los apóstoles, el ladrón entró antes que ellos. Pero también su fe superó la de ellos. Él vio a Jesús atormentado y lo adoró como si estuviera en su gloria. Lo vio clavado a una cruz y le suplicó como si hubiera estado en un trono. Lo vio condenado y le pidió una gracia como a un rey. ¡Oh admirable malhechor! ¡Viste a un hombre crucificado y lo proclamaste Dios!

Semejante recompensa será dada para aquellos que perseveren en estos momentos terribles, proclamando la grandeza eterna de la Iglesia de Cristo. ¡Bendito sea Dios que nos dio la gracia de vivir en este tiempo!

[1] Para un muy interesante comentario y síntesis del libro del padre Pacios, cfr. el apéndice del libro de  Rodolfo Vargas Rubio, ¿El último Papa? Benedicto XVI y su tiempo. Perfil biográfico del Papa Ratzinger, Áltera, Barcelona, 2005, pp. 241-273, titulado significativamente «Benedicto XVI y las profecías».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *