Hoy por hoy es muy común encontrarnos con católicos sin mayor formación doctrinal que se empecinan en defender el error y censurar a todo aquel que les recuerde lo que la Iglesia Católica enseña, para esto no tienen mejor arma que citar Mateo 7:1 “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Este artículo va dirigido a ellos.

Además de Mateo 7:1 son muy buenos también repitiendo Mateo 7:3 “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”. Curiosamente nunca citan Juan 7:24 que dice “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” En esta cita es Cristo mismo quien manda a juzgar con justicia.

Si leemos 1 Corintios 5: 1-3 podremos leer cómo San Pablo juzga un acto inmoral cuando dice: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los paganos; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho.” Aquí San Pablo no solo juzga la inmoralidad del acto, si no que manda a expulsar al inmoral de la comunidad.

Podemos ver en 1 Corintios 5:9-11 cómo san Pablo manda enérgicamente a no juntarnos con quienes juzguemos como fornicarios, avaros, ladrones o idólatras de entre la comunidad cristiana. En 1 Timoteo 5:20 incluso nos pide que los reprendamos en público para que los demás aprendan. Esto evidentemente en completa armonía con Mateo 18:15-17, que para no extenderme en citas bíblicas evitaré colocar el texto, sin embargo el lector podrá constatar que se trata del famoso texto de cómo corregir al hermano que se equivoca.

Volviendo a las personas que gustan de repetir: “¿Y tú quién te crees que eres para juzgar?” pareciera que quieren imitar a los protestantes que cogen una cita y la descontextualizan a su favor, no se enteran de que Mateo 7 no condena el acto de juzgar sino la hipocresía, tal y como podemos ver en los versículos siguientes. Nada hay en ese texto bíblico que pueda significar, o tan siquiera insinuar que por ningún motivo debamos juzgar como si de un pecado se tratase.

Ahora bien, para aclarar esto es fundamental que revisemos el mataburro.[1] Veremos que la palabra juzgar procede del latín iudicare y que no es más que formar opinión sobre algo o alguien o afirmar, previa la comparación de dos o más ideas, las relaciones que existen entre ellas. Según esto ¿Cuándo juzgamos? Siempre, no hay día que no juzguemos. Cuando vamos a la panadería a comprar pan juzgamos qué pan es más rico o más adecuado para el tipo de comida que tendremos; cuando vamos a comprar ropa juzgamos qué tipo de prendas adquiriremos; cuando vamos a tomarnos una ducha juzgamos si será con agua fría, tibia o caliente; cuando entramos en un entorno social nuevo juzgamos con qué tipo de personas juntarnos. Es decir, constantemente emitimos juicios y siempre con un criterio de juicio, por ejemplo, si tomamos como criterio de juicio el ofrecer bocaditos a nuestros invitados juzgaremos oportuno comprar panes pequeños y adecuados para ese fin; si tomamos como criterio de juicio el que necesitamos ropa para invierno juzgaremos oportuno comprar ropa gruesa que nos abrigue; si queremos relajarnos para descansar juzgaremos oportuno tomar una ducha caliente; si queremos adquirir mayor conocimiento académico juzgaremos oportuno juntarnos con los que ostentan mayores calificaciones en el salón de clases, etc. En estos momentos el lector está juzgando si tengo o no tengo razón en lo que digo.

Si es algo tan usual y cotidiano ¿Cómo así la palabra juicio se ha convertido, para algunos católicos modernos, en algo malo? La respuesta a esto es muy simple y a la vez lamentable, el avance del liberalismo y el igualitarismo revolucionarios ha ido degenerando a lo largo de los siglos en una sociedad relativista que niega la existencia de una verdad absoluta pretendiendo imponer en las mentes de las personas que “todo se vale”. Este relativismo se ha infiltrado en el corazón de los miembros de la Iglesia, terminando por convertir a algunos católicos en enemigos de la moral enseñada por nuestro Señor Jesucristo y custodiada por la Iglesia durante casi dos mil años, por eso tanto católico deformado que no hace más que repetir el discurso políticamente correcto de moda sin la más mínima intención de al menos abrir su catecismo.

A veces la ignorancia es tan atrevida que casi parece un chiste de mal gusto escuchar frases como “¿Quién te crees para juzgar a los demás? seguro eres un soberbio que cree saber más que todos” ¿Se enterará esta persona que al decir eso, también está juzgando un acto humano? Si se quisiera evitar todo tipo de juicio no se podría procesar a los delincuentes, puesto que para hacerlo hay que juzgarlos; tampoco se podría educar a los hijos porque para que puedan tomar buenas decisiones tienen necesariamente que juzgar entre el bien y el mal, en síntesis, no se podría siquiera vivir como seres humanos sin juzgar continuamente. El católico bien formado pide a Dios sabiduría para juzgar y reza tal como aparece en 1 Reyes 3, 9Concede, pues, a tu siervo, un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal, pues ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo tan grande?

Es conveniente mencionar que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no fueron escritos en lengua española, de allí que el hebreo shapat, que normalmente se traduce como juzgar, será entendido así en Dt 16,18-20, pero también se entenderá como “liberar” en el libro de jueces y como “gobernar” en el libro de Crónicas, mientras que en nuestra lengua juzgar no es sinónimo de liberar ni de gobernar, lo mismo pasa es en el Nuevo Testamento con la palabra griega Krinete, que es la que se usa en Mt 7, 1, o su derivado Anakrinetai que en 1 Cor 2,14 tiene más relación con el discernimiento o la separación de dos cosas.

La Iglesia, como madre y maestra, sabiendo que la mayoría de sus hijos no son versados en lenguas clásicas ni en hermenéutica bíblica para interpretar sin riesgo de error las Sagradas Escrituras, nos enseña cómo y cuándo juzgar, recordemos que los únicos con AUTORIDAD en la Iglesia para enseñar es la llamada Iglesia Docente, es decir, el Papa y los Obispos, y con dependencia de ellos, los demás sagrados Ministros, no la Iglesia Discente, es decir, todos los demás fieles. Solo la Iglesia Docente puede interpretar las Sagradas Escrituras sin riesgo de error, esto constituye parte de su Magisterio Infalible. Para profundizar en lo que es el magisterio invito a leer mi anterior artículo ¿Qué es el Magisterio de la Iglesia?

Esto de enseñar a juzgar correctamente ha sido siempre preocupación de la Santa Madre Iglesia, por ejemplo, si tomamos el Catecismo Mayor de San Pio X, al momento de tratar sobre el octavo mandamiento “No dirás falso testimonio ni mentirás”, nos dirá que este prohíbe atestiguar en falso en juicio; prohíbe además la detracción o murmuración, la calumnia, la adulación, el juicio y sospecha temeraria y toda suerte de mentiras. Sobre el juicio y sospecha temeraria, que está en la pregunta N° 456, nos dice lo siguiente: “Juicio o sospecha temeraria es un pecado que consiste en juzgar o sospechar mal de uno sin justo fundamento.” ¿De dónde sacamos este justo fundamento? La misma Iglesia lo enseña, tanto en catecismos como en infinidad de manuales de moral lo podremos constatar, ciertamente en nuestros días pocos son los obispos que se preocupan en facilitar este tipo de contenido a sus fieles, se entiende el por qué tanta confusión entre los católicos de hoy.

De entre los múltiples elementos que se tocan al momento de hablar de moral, destacan las llamadas fuentes de moralidad, que son los principios inmediatos de esta, elementos o factores que hay que examinar para determinar si un acto humano es conforme u opuesto a la norma moral y en qué grado o medida. Estos elementos son tres: objeto, fin y circunstancias. Teniendo en cuenta al famoso Royo Marín en su “Teología moral para seglares” podemos decir que “por el objeto de un acto entendemos aquello a que tiende por su propia naturaleza y constituye su aspecto moral primario (v.gr., la limosna tiende de suyo a socorrer al necesitado); por fin, el objetivo que el agente persigue al obrar; y por circunstancias, aquellos aspectos morales que se presentan como accesorios del aspecto primario (lugar, modo, medios empleados, etc.). Para poner un ejemplo concreto, imaginemos que un ladrón substrae del cepillo de una iglesia la cantidad que necesita para embriagarse en la taberna. El objeto de su acto de robo es la cantidad robada; el fin, la futura embriaguez; circunstancia que rodea al acto es el lugar sagrado donde comete su fechoría.” Esto también uno lo puede encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica, tercera parte, primera sección, capítulo primero, artículo cuarto: La moralidad de los actos humanos. Aquí se nos dice claramente: “La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos.”

Llegados a este punto es necesario aclarar lo siguiente, como se acaba de ver, los juicios de los que hemos estado hablando hasta acá son juicios realizados por la conciencia moral sobre los actos humanos, los libremente realizados, justamente porque son libres son juzgables, no así por ejemplo los actos del hombre, que no son libres, como el latir del corazón. Aclarado esto hay que decir lo siguiente, hay un juicio que es privativo de Dios, es el juicio de las conciencias. Si tomamos como punto de partida lo que dice la Gaudium et Spes N° 16: “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” entenderemos por qué sólo Dios podría juzgarla. También leeremos “Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. (…) Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.” El tema de la Conciencia es otro tema sumamente largo, pero para lo que aquí nos interesa, queda claro que se diferencian dos tipos de juicio, el juicio personal que solo puede hacerlo Dios por ser el único que penetra las conciencias individuales y el juicio moral que la Iglesia se esmera en enseñarnos a realizar de forma correcta. En este sentido por ejemplo no podríamos decir de un famoso asesino difunto: “este tipo seguro está en el infierno”, porque el juicio de su conciencia solo le compete a Dios, no tenemos fundamento alguno para emitir un juicio correcto sobre eso, sin embargo sí podemos juzgar los actos que cometió y decir: “todos los actos de asesinato cometidos por este señor son intrínsecamente malos y condenables”.

A modo de conclusión, es bueno agregar que es de gran importancia saber juzgar los actos morales de forma justa. Si recordamos las palabras de nuestro Señor Jesucristo casi al final del famoso Sermón del monte, se nos advierte sobre los falsos profetas. Hoy en día con tantos católicos que no saben cómo juzgar o peor aún que entienden el juzgar casi como un pecado, es de temer que muchas almas terminen embarradas con inmoralidades y que en su desenfreno buenista terminen por embarrar a muchas otras, solo por poner un ejemplo. Tenemos a cardenales como el de Alemania, el cardenal Marx, diciendo que las uniones (matrimonio) entre homosexuales tienen mucho de bueno; algunos dirán: “oye pero es un cardenal, debe saber lo que dice” y es que claro, hasta hace unas décadas atrás era realmente impensable que un cardenal, o tan siquiera un sacerdote se anime a decir barbaridades como esa que contradicen directamente la doctrina católica. En ese sentido un católico bien formado, partiendo del magisterio infalible de la Iglesia y la recta razón, podrá juzgar que esa afirmación contradice nuestra fe y la ley natural; como es un católico bien formado optará por rezar y hacer penitencia por este prelado para que se convierta y corregirá, denunciando el error, a quienes no tengan las cosas claras ¿pero no que lo cardenales también son parte de la Iglesia docente? Claro, pero no todo lo que digan formará parte del magisterio infalible de la Iglesia, pare comprender mejor ese tema invito nuevamente a leer el artículo sobre qué es el magisterio de la Iglesia. Solo así podremos ser como la iglesia de Éfeso que se menciona en Apocalipsis 2, 2 a la que nuestro Señor felicita por haber juzgado y sacado de entre ellos a los falsos maestros; no vayamos a ser más bien como la iglesia de Pérgamo de Apocalipsis 2, 14 – 15 que es regañada por no haber hecho lo mismo. Hagámosle caso al Apóstol San Pablo cuando describe y juzga a la clase de personas con las que no debemos juntarnos en 2 Timoteo 3. En la medida que sepamos juzgar mejor los actos humanos podremos alejarnos del vicio y acercarnos mejor a la virtud, es decir, a la santidad.

[1] Expresión coloquial que en Perú, como en otros países, significa diccionario

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