¿Por qué los católicos tradicionales se oponen al uso de guitarras para la música en la iglesia? ¿Por qué, en general, pensamos que un estilo musical popular y contemporáneo es incompatible con el espíritu de la liturgia?

Por el Dr. Peter Kwasniewski. LifeSiteNews. 21 de marzo de 2018.

Tomo como punto de partida las siguientes palabras de San Pablo: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rom. 12, 2).

Mi objeción básica al lenguaje popular de la música de guitarra en la iglesia, ya sea que las canciones sean sentimentales o rápidas, es que no es otra cosa que una conformación de nuestras mentes a una era secular, a los estándares artísticos, psicológicos y espirituales de nuestros tiempos. Es una especie de imitación de Bob Dylan y Billy Joel, aunque esos cantantes “folklóricos” parecen rigurosos en comparación con la contaminación acústica, la violencia agresiva y la sensualidad abyecta, de la música que muchos jóvenes adultos escuchan ahora.

Es como si el “himno del rock” comercializado en masa fuera reconocido implícitamente como un nuevo estándar de excelencia, al cual debe conformarse incluso la música para la adoración a Dios. Él, también, debe ser cortejado por un amante de las farolas; tiene que ser engatusado y quejarse por el pecado y la gracia, del mismo modo que un cantante popular se burla y se queja por cualquier causa que esté en el aire: la guerra de Vietnam, la pobreza en el Tercer Mundo, la epidemia del SIDA. El sonido debe hacer un gesto hacia la balada de ojos llorosos o el salto de gato feliz. Sin embargo, uno puede describir la música, su origen y semejanza con las formas seculares es inconfundible.

Esta no es la primera vez que enfrentamos este problema en la historia de la música litúrgica de la Iglesia. La última gran epidemia de secularismo musical fue la era de la ópera, que duró los siglos XVIII y XIX, cuando casi toda la música eclesiástica se desvaneció en un estricto estilo operístico, un pariente apenas disfrazado de las aburridas historias épicas y los romances predecibles que se desarrollaban en el escenario noche tras noche, cuando la audiencia se reunía principalmente para escuchar las hermosas voces del primer tenor o soprano.

Cuando el Papa Pío X buscó la reforma de la música eclesiástica, tenía en mente principalmente su resacralización, su recuperación de la mundanidad de la ópera. Quería restaurar una música que fue creada para la iglesia y para su liturgia, una música tranquila e introspectiva que canaliza la atención no hacia los artistas sino hacia los misterios divinos, fomentando una atmósfera de oración contemplativa, una música de muchas maneras y estados anímicos, que toque suave y sutilmente las emociones, pero siempre al servicio de algo más grande que sí misma, algo esencialmente no emocional: la “adoración racional” (logikē latreia) de la que San Pablo habla en la carta a los Romanos (12, 1). Para Pablo, la “verdadera circuncisión” pertenece a aquellos que “adoran a Dios en espíritu, y se glorían en Cristo Jesús, y no confían en la carne” (Filipenses 3, 3).

El punto es este: aunque nuestros cuerpos bautizados son el templo del Espíritu y debemos adorar al Señor con corazón y voz, nuestra adoración no está en el nivel del cuerpo, no es un movimiento sensual ni ser conmovido, sino un sacrificio espiritual y adoración servida por un cuerpo bien disciplinado cuyas pasiones son castigadas, cuyas emociones se purifican.

La gloria de la música sacra, verdaderamente católica, es que tiene el poder de movernos, de acuerdo con la “danza” digna de la liturgia, a un amor cada vez mayor del Señor con nuestro corazón, mente, alma y fuerza. Es, por lo tanto, un instrumento humilde de la divinización del hombre, que se asemeja a Dios en gracia y caridad. La música debería ayudar, o al menos no obstaculizar, la maduración progresiva del alma en su viaje por las moradas teresianas, en su arduo ascenso al Monte Carmelo, hasta la cumbre, la unión transformadora, el matrimonio místico.

La música que permanece estilísticamente en el nivel de la sensualidad, estimulando y apoyando emociones “cotidianas” dentro de las almas de sus oyentes, no es música apta para el culto divino, porque no ayuda al alma a madurar en dignidad espiritual, no purifica las pasiones ni eleva la mente a un plano de existencia más celestial. De hecho, un estilo informal y comunicativo de celebrar la misa junto con un lenguaje musical popular dará lugar a una psique atrofiada, una adolescencia de las emociones artificialmente prolongada, fuera de la perfección espiritual que el Señor intenta impartir a través de los ritos sagrados y de los místicos sacramentos de la Iglesia. No proporciona el ambiente óptimo para aquietar el corazón, esa disminución de la voluntad hiperactiva, que Santa Teresa considera como preparaciones indispensables para las pruebas y bendiciones que Dios tiene reservadas para las almas que perseveran a través de las primeras tres moradas. El alma, dice, tiene que volverse cada vez más receptiva, no verse atrapada en una especie de activismo mental que hace que sea casi imposible para el Dios que habla con una “voz apacible y pequeña”, actuar soberanamente, por su propia iniciativa.

El cristiano tiene que desarrollar una gran capacidad para esperar y escuchar, para acoger y recibir, y finalmente, agradar a Dios, por rendirse a su delicada invasión en el alma, para disfrutar del calor de su luz. El canto gregoriano y el canto bizantino, la polifonía y la homofonía que éstas inspiraron, y la música sacra moderna forjada en la misma tradición, tienen las cualidades necesarias de sacralidad, excelencia artística y universalidad que la auténtica liturgia de la Iglesia posee y exige.

Nada secular, banal, superficial o ruidoso es digno de los misterios sagrados, inmortales, asombrosos y vivificantes, de Cristo.

Traducción de Filius Mariae.

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Categories: Formación Liturgia

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