Hoy en día, todo lo que diga, haga o deje de hacer el Papa termina siendo noticia. Las facciones en las que se dividen los católicos por este motivo constituyen un panorama realmente lamentable que no hace más que avecinar futuros catastróficos para la verdadera religión ¿cuál debería ser la postura del católico, según la tradición y doctrina de la Iglesia, frente a la figura del Papa? la tradicional devoción a la Cátedra de San Pedro es la respuesta.

La primera vez que una inmensa audiencia pudo escuchar la voz real del Santo Padre fue el 12 de febrero de 1931, en el reinado de Pio XI gracias a una emisión radial merced al invento del científico italiano Guglielmo Marconi. Antes de esto era inimaginable pensar que un católico pudiese estar al tanto de todo lo que diga, haga o deje de hacer el Papa; de hecho esta manía es mucho más reciente. Curiosamente es compartida por dos facciones ajenas a la verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro.

Cuando leemos el Tratado de la Verdadera devoción de San Luis María Griñón de Montfort nos encontramos con la advertencia de una falsa devoción a la Santísima Virgen María; de forma análoga podemos hablar de una falsa devoción al Papa que se ha ido gestando en los últimos años.

En 1870, cincuenta años antes de aquella primera emisión radial, con el Concilio Vaticano I se proclamaba el dogma de la Infalibilidad Papal. Destaca aquí el beato cardenal Newman, autor sagrado, filósofo, hombre de letras, líder del Movimiento Tractariano, y el más ilustre converso inglés a la Iglesia de los últimos tiempos, quien, aceptando y defendiendo el dogma de la Infalibilidad, casi de forma profética, advertía sobre el peligro que correrían los católicos de a pie de no ser enseñado correctamente este dogma: asignarle al Papa un poder que no tiene ni puede tener, una suerte de infalibilidad absoluta o infalibilidad habitual; error que algunos llaman, de forma un poco burda, papolatría, esa falsa devoción de quien no ve en el papa reinante a uno de los sucesores de San Pedro, sino que lo considera un nuevo Cristo en la Tierra, personalizando, reinterpretando, reinventado, imponiendo al Magisterio de sus predecesores, acrecentando, mejorando y perfeccionando la doctrina de Cristo.

Con la aparición de los mass media y su sed por nuevos consumidores, se fue inoculando en muchos católicos este deseo desenfrenado de querer estar al tanto de todo lo que el Papa diga, haga o deje de hacer acompañado de una errónea comprensión de lo que es la Infalibilidad papal. Como es de esperarse, estas pobres almas, ignorantes de la doctrina católica, muchas veces llegan al extremo de llamar hereje o cismático a todo aquel que ose decir que el Papa puede equivocarse como cualquier persona; no les cabe en la cabeza que pueda estar mal informado, ni mucho menos que deliberadamente pudiese decir algo que vaya en contra de la recta doctrina; al Papa siempre se le obedece y punto. Por lo demás se podría decir que son conservadores o moderados.

Si revisamos un poco la historia de la Iglesia de cuando las familias romanas se dedicaban a comprar y vender el papado, nos encontraremos con Papas inmorales como Benedicto IX que, como muchos otros Papas, subió al solio papal siendo aún un adolescente, sospechoso de ser el primer Papa homosexual y acusado por otro Papa 50 años después de su pontificado de ser un violador y asesino. Antes de Benedicto IX, Juan XII fue Papa a los 18 años y tuvo una vida extremadamente disoluta tristemente conocida. Mucho antes estuvo Juan XI de quien se dice fue hijo de un Papa anterior. Ahora bien, no solo en temas de moral hemos tenido Papas terribles; en cuestiones de doctrina destacan el Papa Liberio a quien se le adjudica un Credo arriano, probablemente coaccionado, quien terminó declarando incapacidad moral; el Papa Honorio que en dos de sus cartas enseñó la herejía monotelita, terminó condenado en el IV Concilio Ecuménico cuyos decretos fueron aprobados por León II; el Papa Vigilio en relación a la controversia de los Tres Capítulos; en fin, la lista es demasiado larga. Ahora imagine el lector a los mass media y sus periodistas ideologizados abordando a estos Papas y sacando a la luz sus ocurrencias privadas en temas de moral y doctrina: homosexualidad, matrimonio gay, castidad, celibato, aborto, etc ¿Se imagina la catastrófica oleada de confusión que sobrevendría con la llamada papolatria? Y es que claro, estos Papas muy pocas veces escribieron algo con peso magisterial; sus opiniones y ocurrencias privadas no eran de interés para el católico de a pie ni habían medios de comunicación ideologizados que buscaban llevar agua para sus molinos manipulando a las personas.

Hay que tener en cuenta algo, el papólatra, más que incurrir en un error teológico, ostenta una actitud psicológica desordenada y moral deformada, de allí que casi instintivamente niegue cualquier vestigio de crisis en la Iglesia con tal de no asumir responsabilidades de las que no se quiere hacer cargo; la manera más eficaz que tiene para tranquilizar su propia conciencia es afirmar que el Papa nunca se equivoca, por eso hay que obedecerle a como dé lugar, independientemente de lo que haga o diga, porque, según él, el Santo Padre es la regla única y siempre infalible de la fe católica. Esto deriva en un error doctrinal cercano al voluntarismo de Occam, curiosamente enemigo declarado del papado, el cual sostenía que Dios puede querer y hacer cualquier cosa, incluso el mal, ya que el mal y el bien no existen en sí, sino que Dios hace que sean tales. Contradiciendo así la doctrina católica defendida por Santo Tomás cuando se afirma que Dios, Verdad absoluta y Sumo Bien, no puede querer ni hacer nada contradictorio, de allí que una cosa se ordena o se prohíbe porque ontológicamente es buena o mala y no, como dice Occam, porque se le ocurrió a Dios. Si para el papólatra lo que diga o haga el Papa es lo que quiere el Espíritu Santo, entonces la fe y la moral dependerá de la voluntad del Papa de turno.

Lamentablemente hoy en día existen algunos medios de comunicación que, aunque se dicen católicos, optan por una postura que favorece a la llamada papolatría, ocultando, disimulando, negando o justificando errores objetivos del Papa, bombardeando a su audiencia solo con lo que les parece correcto de este, convirtiéndola en consumidora de todo lo que diga o haga el Papa siempre y cuando favorezca a la imagen de una Iglesia perfecta, como si la Iglesia no dependiera de nada más que de la fama de aquel que ocupa la Cátedra de San Pedro, olvidando que la divina institución jurídica antecede a la persona.

Ahora bien, no solo los papólatras tienen esa manía de estar pendiente de todo lo que diga, haga o deje de hacer el Papa, también es característica fundamental de sus supuestos contrarios, entre los que destacan los mal llamados tradicionalistas[1], que, lejos de denunciar el mal como siempre se hizo en la Iglesia, apelan a un lenguaje irreverente y violento contra la jerarquía eclesiástica cuando esta incurre en error, son capaces de exagerar y hasta de difamar con el único propósito de exacerbar los ánimos de las personas para llevarlas a su facción, convirtiéndolas en consumidoras de todo lo que diga o haga el Papa siempre y cuando favorezca a la imagen de una Iglesia decadente y arruinada por sus pastores.

¿En qué consiste entonces la verdadera Devoción a la Cátedra de San Pedro?

Las divinas palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam”,[2] por las que el primado de San Pedro queda constituido como el cimiento sobre el que se instituye la Iglesia, son de tal envergadura que la Revolución no ha parado nunca de atacar este fundamento. Esto es así porque la divina promesa de la victoria de la Iglesia es a la vez un anuncio de guerra que durará hasta el fin de los tiempos y en cuyo centro se encontrará siempre el Papado, piedra visible de la Iglesia, por eso la devoción a la Cátedra de San Pedro es la devoción a la visibilidad de la Iglesia, no el culto al hombre que ocupa esta Cátedra; es amor y veneración a la misión que Jesucristo confió a San Pedro y a sus sucesores, tal y como lo enseñan León XIII en la encíclica Satis cognitum de 1896 y Pío XII en la encíclica Mystici Corporis de 1943, la institución jurídica antecede a la persona. Bajo esta perspectiva se entiende mejor las palabras de San Ambrosio: «Ubi Petrus ibi Ecclesia»[3] (donde está Pedro, allí está la Iglesia), que a su vez nos remite al atribuido a San Ignacio de Antioquía: «Ubi Christus ibi Ecclesia» (donde está Cristo, está la Iglesia).[4]

La doctrina tradicional de la Iglesia es clara en este sentido, extra Ecclesiam nulla salus, la única Iglesia fundada por Cristo es la Iglesia Católica con el Papa como su Vicario gobernando visiblemente en la Tierra. Ciertamente el modernismo infiltrado en la estructura eclesiástica es más que visible después del Concilio Vaticano II, pero eso no significa que existan dos Iglesias; expresiones como “Iglesia conciliar”, “Iglesia bergogliana”, “neoiglesia” solo pueden ser fruto de la ignorancia o de la perversidad, expresiones que solemos leer y escuchar en los falsos tradicionalistas, sobre todo los de corte sedevacantista, y los medios de comunicación que estos dirigen, cuya atrevida ignorancia, reduciendo el Cuerpo Místico de Cristo a una realidad puramente espiritual e invisible, se cree con la suficiente autoridad como para expulsar de la Iglesia a papas, cardenales y obispos.

Como católicos no podemos responder a nuestra vocación a la santidad sin la debida obediencia; en la Iglesia, esta no se limita a cumplir diligentemente lo que pida el superior, sino únicamente la voluntad de Dios, no hay lugar así para una obediencia ciega e incondicional. Los límites están marcados por la ley natural, por la ley divina y por la Tradición de la Iglesia, de la cual el Sumo Pontífice es custodio y no creador.

Junto a la obediencia está la militancia católica; como dijimos más arriba, la divina promesa del triunfo de la Iglesia es también un anuncio de guerra en cuyo centro está el Papado. El tema de la visibilidad de la Iglesia evita esa despreciable y cobarde postura de la indiferencia en la que caen algunos católicos temerosos e incapaces de combatir por la restauración de la Civilización Cristiana. Conquistados por la Revolución y su lenguaje políticamente correcto, optan por un carácter antimilitarista olvidándose de las palabras de nuestro Señor que no vino a traer paz sino guerra[5], ya que el cielo será arrebatado por los violentos[6]. Contra esto Pío XII, en su discurso a los jóvenes de Acción Católica del 8 de diciembre de 1947 explica que los católicos de los tres primeros siglos no se refugiaron en las catacumbas, sino que fueron vencedores:

«Con frecuencia, la Iglesia de los primeros siglos ha sido presentada como la Iglesia de las catacumbas, como si los cristianos de entonces acostumbraran vivir escondidos en ellas. Nada más inexacto: aquellas necrópolis subterráneas, destinada principalmente a la sepultura de los fieles difuntos, no servían de refugio, salvo quizás en momentos de violenta persecución. La vida de los cristianos en aquellos siglos marcados por el derramamiento de sangre, se desenvolvía en las calles y las casas, abiertamente. No vivían apartados del mundo; frecuentaban, como los demás, los baños, los talleres, las tiendas, mercados y plazas públicas; ejercían profesiones como marineros, soldados, agricultores y comerciantes” (Tertuliano, Apologeticum, c. 42). Querer convertir a aquella Iglesia valerosa, dispuesta siempre a vivir al pie del cañón, en una sociedad de cobardes que viven escondidos por vergüenza o por pusilanimidad, sería un ultraje a su virtud. Eran plenamente conscientes de su deber de conquistar el mundo para Cristo, de transformar según la doctrina y la ley del Divino Salvador la vida privada y la pública, donde debía nacer una nueva civilización, surgir otra Roma sobre los sepulcros de los dos Príncipes de los Apóstoles. Y lograron su objetivo. Roma y el Imperio Romano se hicieron cristianos.» El mismo Pío XII, dirigiéndose a los obispos de los Estados Unidos, les dijo: «El cristiano digno de tal nombre siempre es apóstol; es indecoroso para el soldado de Cristo alejarse de la batalla, porque sólo la muerte pone fin a su milicia[7]».

No son pocos los católicos que, frente al problema del mal en el mundo, terminan por permanecer inactivos esperando una intervención extraordinaria de Dios como si ya no se pudiera hacer nada en el plano humano; a lo mucho atinan a decir “solo queda rezar y nada más”, a estos hay que recordarles las palabras de San Ambrosio: «Dios no manda su bendición a quien se duerme, sino a quien vela[8]».

Ante el error, venga de quien venga, no podemos quedarnos callados. Es necesario combatir la mentira siguiendo lo recomendado por Benedicto XV en la encíclica Ad beatissimi Apostolorum Principis del 1 de noviembre de 1914 contra los modernistas: «Queremos, por tanto, que sea respetada aquella ley de Nuestros mayores: Nihil innovetur nisi quod traditum est, Nada se innove sino lo que se ha trasmitido». Recordemos cómo no calló San Pedro Damián ante los prelados corruptos de su tiempo. Lo mismo Santa Catalina de Siena ante los papas de su época. Ni qué decir de San Vicente Ferrer, que además se presentó como el Ángel del Apocalipsis ¿Entonces cuál es el problema con los falsos tradicionalistas cada vez que denuncian los errores de la estructura eclesiástica? Además de la manía que ya mencionamos con el desleal fin de atraer gente hacia su facción mediante la exacerbación de los ánimos, tenemos la ruptura con la tradicional reverencia a la jerarquía eclesiástica. En el Eclesiastés encontramos la famosa sentencia “Tempus est tacendi, tempus loquendi”, hay tiempo de callar y tiempo de  hablar. Si revisamos la vida tanto de los santos ya mencionados como de muchos otros que aplicaron muy bien este tempus loquendi y no se quedaron callados frente al error, veremos también en ellos un tradicional y reverencial modus loquendi, es decir, ninguno de los santos que valientemente denunciaron los errores de su tiempo fueron irreverentes con la jerarquía eclesiástica por más terrible que esta haya sido, su denuncia y corrección estuvo marcada por el respeto, la devoción y el amor filial a Dios y a su Iglesia; no vamos a encontrar en ellos vestigio alguno de sarcasmo, irreverencia, desprecio, celos amargos u orgullo como sí lo encontramos en los medios dirigidos por estos mal llamados tradicionalistas. Quisiera destacar aquí a Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia, cuyos textos expresan de forma prodigiosa una perfecta unión entre el tempus loquendi y el modus loquendi; sus correcciones al Santo Padre penetran como espada de doble filo a la vez que expresan un perfectísimo amor al papado; sin duda alguna es uno de los mejores ejemplos para representar lo que siempre ha sido en la Iglesia la verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro, sin el cual no podríamos entender cómo es que llamaba “Il dolce Cristo in Terra” a un Papa como Gregorio XI.

A modo de conclusión entonces podemos decir que la verdadera y tradicional devoción a la Cátedra de San Pedro obliga a todo católico a resistir y denunciar el error cuando el Papa u otro miembro de la jerarquía eclesiástica se equivoque, amando profundamente a la Iglesia visible, con plena consciencia de que esta no se puede salvar sola sin sus legítimos pastores, renovando constantemente el vínculo de amor y veneración que une al fiel con el sucesor de San Pedro portador infalible de la Tradición, ofreciendo por este mortificaciones y sacrificios agradables a Dios. No olvidemos nunca que aunque el Vicario de Cristo sea infiel a su misión, el Espíritu Santo no deja jamás de asistir a su Iglesia y si, como decía San Ambrosio, “donde está Pedro, está la Iglesia”, entonces esta divina asistencia no recae sobre aquellos que se han apartado de la verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro. Como decía San Luis Orione: “que nadie jamás nos supere en obediencia filial, en obsequiosidad y amor al Papa[9], el católico bien formado siempre dirá “Cum Petro et sub Petro[10]”, con Pedro y bajo Pedro.

ORATIO PRO SUMMO PONTIFICE

V. Oremus pro Pontifice nostro Franciscum.

R. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

Oremus.

Deus, omnium fidelium pastor et rector, famulum tuum Franciscum, quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, proficere: ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum, Dominum nostrum. Amen.

V. Oremos por nuestro Papa Francisco

R. El Señor le guarde y le dé la vida y le haga santo en la tierra y no le entregue a la voluntad de sus enemigos.

Oremos

Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira propicio a tu siervo Francisco al que quisiste destinar como pastor de tu Iglesia: te suplicamos le concedas ser eficaz para los que preside, con la palabra y el ejemplo: de modo que llegue a la vida eterna juntamente con el rebaño a él confiado. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

 

[1] Digo mal llamados tradicionalistas porque como expliqué en mi artículo “¿Qué es el tradicionalismo católico?” el tradicionalismo católico del que hablaron los Papas como característica esencial del catolicismo centraba su discurso en la defensa de las tradiciones cristianas discerniéndolas de entre las costumbres e instituciones revolucionarias que se han infiltrado en el corazón de la sociedad, es decir, no se centra en cuestiones litúrgicas, aunque evidentemente las suponga ya que no se puede pensar en nada que sea verdaderamente católico que no tenga a la Eucaristía por centro; fue la propaganda modernista y liberal la que adjudicó este adjetivo a los sedevacantistas después del Concilio Vaticano I y a los lefevbristas después del Concilio Vaticano II; gracias a esta poderosa y perversa propaganda es que hoy en día todos piensan que los tradicionalistas son los lefevbristas, los sedevacantistas o cualquiera que vaya a Misa tradicional.

[2] Mt 16, 15-19)

[3] SAN AMBROSIO, Expositio in Psalmos, 40.

[4] S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los discípulos de Esmirna, 8, 2.

[5] Mt 10, 34

[6] Mt 11, 12

[7] PÍO XII, Discurso a los obispos de los Estados Unidos del 1 noviembre 1939.

[8] S. AMBROSIO, Expos. Evang. sec. Luc., IV, 49.

[9] San Luis Orione, Carta sobre la obediencia a los religiosos de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, Epifanía de 1935, Cartas de Don Orione, Ed. Pío XII, Mar del Plata 1952.

[10] “Cum Petro et sub Petro”, Decreto Ad Gentes, Sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, 38.

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