De un tiempo a esta parte se vienen sucediendo en la Iglesia movimientos sospechosos que parecen apuntar al rebrote de viejas herejías, que parecían olvidadas o que, quizá, se encontraban latiendo en la capa soterrada de la oportunidad advenediza y ahora ha llegado el momento de su impune eclosión.

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est. 1 de noviembre de 2017.

De un tiempo a esta parte se vienen sucediendo en la Iglesia movimientos sospechosos que parecen apuntar al rebrote de viejas herejías, que parecían olvidadas o que, quizá, se encontraban latiendo en la capa soterrada de la oportunidad advenediza y ahora ha llegado el momento de su impune eclosión.

            Desde el 31 de octubre del 2016 hasta el 31 de octubre del 2017 ha tenido lugar la “ficticia conmemoración” de un luctuoso hecho acaecido en la Iglesia hace cerca de 500 años. Decimos que es “ficticia conmemoración”, porque lo que en realidad se ha producido ha sido una celebración en toda regla, a pesar de la neta distinción marcada por el emérito y recordado Benedicto XVI. No solo por parte de los seguidores del “exmonje” rebelde, que están en su legítimo derecho, sino también, y esto es lo más doloroso, por parte de la Iglesia católica, víctima primera (no única) de los ataques del celebrado. Como ya le dediqué dos artículos a la génesis, desarrollo y postulados de esta herejía no me detendré ahora en ello.

            Con pasmosa anuencia hemos visto al sucesor de Pedro ir a Lund (Suecia) a conmemorar fraternamente (él conmemoraba y ellos celebraban) el atropello más abyecto de la historia contra lo que él mismo representa, mientras que eludió el ir a España a celebrar (y aquí sí está bien empleado el término) el, también, quinto centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús. Hemos tenido que soportar una efigie de Lutero colocada en la sala Pablo VI en una audiencia a luteranos en la misma estancia. Nos han hecho ver impunemente que Lutero es “testigo del Evangelio”. Y yo me pregunto ¡¿Cómo un excomulgado puede ser “testigo del Evangelio”?! muy sencillo: porque esa frase, aparentemente inofensiva y piadosa, está, en realidad, cargada de un veneno letal. Se trata de una rehabilitación encubierta, casi que una canonización. Testigo del Evangelio son los santos no los herejes cismáticos.

PORTADA ECUMENISMO PROTESTANTISMO

            Y por último, ya se está abogando por una posible “misa ecuménica” (es un oxímoron) para que luteranos y católicos podamos sentarnos en torno a un mismo altar y comulgar de un mismo pan. E incluso hay algún teólogo (término que puesto en algunos supone la denigración de esta noble tarea) que se atreve a decir que la “transustanciación” es totalmente prescindible, porque no ha sido definida por la Iglesia. Es por ello por lo que nos vemos impelidos a escribir esta defensa de la misma, puesto que es una línea roja que, como católicos, no estamos dispuestos a cruzar; una trinchera de la tradición que defenderemos bravamente. Pasemos, en primer lugar, a esbozar algunos datos importantes:

  1. A) De los textos de los Santos Padres, ciertamente, no encontramos un tratado sistemático sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero sí observamos que desde los albores del cristianismo ha existido siempre la firme convicción de que en la celebración de la Eucaristía, bien por la acción del Espíritu Santo o por las Palabras del Señor, se opera un cambio en el pan y en el vino, que dejan de ser tales para ser, en verdad, Cuerpo y Sangre del Señor. Lo que significa que sin haber un término concreto que lo recoja, sí que estamos en el desarrollo del concepto, es decir, los Santos Padres son el punto a quo de la transubstanciación. A lo largo de la patrística, se van perfilando los conceptos de “consagración”, “presencia real”, “sacrificio eucarístico”, etc.
  2. B) La primera controversia entre Pascasio Radberto y Ratramno puede enclavarse en la continua pugna entre el realismo y el simbolismo, la concepción realista del mundo y los seres y la simbólica, ésta última, podrá degenerar, en algunos casos, en nominalismo.
  3. C) De la controversia primera sobre el cómo se da la presencia real de Cristo en el pan y en el vino, podemos deducir que se mantiene la creencia de la conversión del pan y el vino en el cuerpo y sangre del Señor pero, como se indicó más arriba, al no haber unos conceptos claros y depurados no pudo sistematizarse la forma en que esto acontece. Vemos, pues, cómo no se dudó, aun así, de que lo que parece pan y vino, tras la consagración, son Cuerpo y Sangre de Cristo.
  4. D) Será tras la controversia originada por Berengario de Tours cuando los teólogos de la primera escolástica comiencen a elaborar tratados para combatir la herejía y explicar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. A esta empresa encontramos la contribución de Rolando Bandinelli con la expresión “transustanciación”, que será seguida por otros teólogos como Hugo de San Víctor o Pedro Lombardo.
  5. E) Respecto de la transustanciación, tenemos ya en el s. XII conclusiones tan serias como la continuación lineal entre el cuerpo histórico de Jesús y el cuerpo eucarístico. La teología comienza a distinguir entre las especies perceptibles por los sentidos (lo que permanece) y el cuerpo de Cristo presente bajo las mismas (lo que cambia). Esto es posible en cuanto que Cristo está presente en la Eucaristía por la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre. A esta conversión la llamamos transustanciación, es decir, el paso de la sustancia del pan y del vino a la sustancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
  6. F) La teología del s. XIII supone un florecimiento de una literatura que busca sistematizar la doctrina de la presencia real sin prescindir del término “transustanciación”. Los tratados van a estar influenciados por la filosofía aristotélica introducida en Occidente. Como exponente de estos autores encontraremos la teoría de santo Tomás de Aquino, quien afirma que la transustanciación solo es posible por el poder de Dios, que no supone una deslocalización física de Cristo y que los accidentes del pan y del vino perviven siendo toda la sustancia del pan y del vino las que mutan en toda la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo, de tal modo que, en verdad, podremos decir que en el pan y en el vino transustanciados se hallan el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Será esta doctrina la que marque un punto de inflexión en el Magisterio posterior.
  7. G) El Magisterio pontificio y los concilios medievales hasta el s. XV no han dudado en usar del término “transustanciación” para exponer el dogma eucarístico. Lo han hecho bien por vía directa, esto es, usando la palabra exprofeso (Carta “Cum Marthae circa”, IV Concilio de Letrán, II Concilio de Lyon) o bien por vía indirecta usando los conceptos de “esencia o sustancia” y accidentes (Confesión de fe prescrita a los valdenses de Inocencio III, Carta “Quanto sincerus” al arzobispo Maurino de Narbona del papa Clemente IV, Concilio de Constanza, Decreto pro Armeniis del Concilio de Florencia,). Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que tanto el vocablo “transustanciación” como el concepto que en él se encierran servirán de vehículo explicativo al misterio eucarístico desde el principio.
  8. H) El consenso pacíficamente alcanzado en el s. XIII se vio roto por las opiniones de los teólogos nominalistas del s. XIV de los cuales beberá Lutero. Para estos nuevos teólogos la transustanciación no colma la explicación de la presencia real ya que, aunque la aceptan por la autoridad de la Iglesia, no ven cómo los accidentes del pan y del vino pueden permanecer sin la sustancia “accidens sine subiecto”. Esto dará lugar a una catarata de obras y opiniones que encontrarán eco en los postulados heréticos de Lutero y sus seguidores, quienes abogan o por la consustanciación, esto es, la convivencia simultánea de la sustancia del pan y del vino con la del cuerpo y sangre del Señor; o bien con una presencia significativa (Zwinglio) o virtual (Calvino) de Cristo en la Eucaristía.
  9. I) Frente a estos ataques al misterio de la fe cristiana, la reacción ortodoxa de la Iglesia no se hizo esperar y pronto fue convocado, en la ciudad de Trento, un concilio universal cuyo resultado en materia eucarística fue el de consignar magisterialmente la doctrina de la Eucaristía de manera sistemática a través de varios decretos siendo el del sacramento de la Eucaristía (1551) el que fijó la doctrina de la transustanciación y sus límites. Este fue el último pronunciamiento dogmático y magisterial que se sumaba a la asunción del termino transustanciación desde el s. XIII. No habrá más pronunciamientos magisteriales de calado acerca de este tema hasta el papa Pablo VI, salvo la mención que hace san Pío X en su Catecismo Mayor y la de Pío XII en Humani Generis.
  10. J) El Magisterio de Pablo VI en lo tocante a la transustanciación es bastante claro y elocuente. No podemos obviar este concepto para abrazar otros nuevos, ya que la presencia real de Cristo en la Eucaristía requiere la conversión sustancial y el mejor concepto que lo engloba y explica es el de “transustanciación”, los otros solo serán flecos y consecuencia de éste.

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Hasta aquí los datos. Vemos pues, como hoy, para la teología católica acerca del misterio eucarístico le es impensable prescindir del concepto de “transustanciación” para elaborar una buena y aceptable sistematización de esta verdad revelada y tenida. Así ha sido reconocido, incluso, por los mismos luteranos en los acuerdos luterano-católicos de 1967 o 1978.

Hasta hoy, católicos y luteranos coincidimos en creer y afirmar que Cristo, en virtud del poder de Dios y de sus mismas palabras, está  real, verdadera y sustancialmente presente en la Eucaristía, pero donde diferimos es en dos puntos esenciales: en el cómo se da esta presencia (católicos=transustanciación, luteranos=consustanciación) y la prolongación de esta presencia más allá de la celebración (católicos=presente después de la celebración, luteranos= solo en la celebración y en tal caso fuera de ella para los enfermos, nunca para la adoración).

La transustanciación no se opone frontalmente a otros intentos de explicación como la transignificación o la transfinalización, pero estos deben suponer aquella. Solo si mantenemos y creemos que lo que parece pan y vino es realmente el Cuerpo y Sangre del Señor podrá darse, eficazmente, una transignificación de los elementos, puramente naturales, de modo que el pan deja de significar un mero elemento de la dieta y pasa a significar el pan de vida, alimento sobrenatural; y el vino, deja de ser una noble bebida que alegra el corazón del hombre y pasa a significar el cáliz de la salvación que elevamos en la presencia del Señor. Del mismo modo, la transfinalización solo será eficaz cuando por medio de la conversión sustancial, el pan y el vino abandona su fin nutricional y sus accidentes químicos adquieren el fin de ser Cuerpo y Sangre del Señor. Permaneciendo los accidentes solo cambia la sustancia y al cambiar ésta los accidentes cambian en su fin y significado. Pero, repito: solo se podrá admitir el cambio de significado o finalidad de los accidentes siempre que se subordinen a la sustancia que les da soporte.

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La transustanciación es consuelo para el alma del creyente, que lo comulga con fe y en gracia de Dios. Solo si lo que parece pan y vino no son tales sino el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Cristo, el comulgante podrá, en verdad, comer a Cristo y configurarse con Él; si no, no. La transustanciación es, por tanto, algo más que una mera explicación conceptual del milagro eucarístico; es un elemento vertebrador en el dogma católico y de vital importancia para el alma y espiritualidad del creyente.

Por último, la transustanciación se opone, así, a cualquier aventurado intento de hacer liturgias eucarísticas (que no misas) comunes entre católicos y luteranos porque o la sustancia es pan o la sustancia es Cristo. Si la sustancia es pan, no cabe adoración ni sacrificio; pero si la sustancia es Cristo la adoración y prolongación de la presencia van de suyo, porque la transustanciación supone el cambio de una sustancia a otra de mayor nivel y preexistente. La transustanciación nunca es regresiva, del mismo modo que la evolución es progresiva y nunca hacia especies inferiores.

En fin, creo que lamentablemente tendremos que escribir más acerca de esto en tiempos no muy distantes en el tiempo. De momento con estas reflexiones os invito a redoblar vuestra fe católica en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, a adorarle profundamente y hablar a todos de las excelencias de este manjar celestial transustanciado por nosotros bajo las especies de pan y de vino.

Guy Fawkeslein. Dominus Est

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