Hoy 18 de mayo se inicia en todo el mundo el Ramadán, el mes sagrado y de ayuno de los musulmanes, y el Boletín de la Oficina de Prensa vaticana recoge una felicitación con tal motivo del Cardenal Jean-Louis Tauran, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso.

Por Carlos Esteban para InfoVaticana. Bien, si uno tiene un Consejo para el Diálogo Interreligioso, imagino que este tipo de cortesías es obligado, aunque no sea probable que de la otra parte sean correspondidas. Convendría, sin embargo, hacerlas tan breves que cupieran en una tarjeta, porque el riesgo y la tentación de relativizar la verdad llevado de los buenos deseos es muy grande en estos casos.

Observen, por ejemplo, estas palabras del mensaje:

“Las reflexiones que querríamos compartir con vosotros en esta ocasión se refieren a un aspecto vital de las relaciones entre cristianos y musulmanes: la necesidad de pasar de la competencia a la colaboración”.

“En el pasado, las relaciones entre cristianos y musulmanes han estado caracterizadas demasiado a menudo por un espíritu de competición”.

¿Les parecen las palabras apropiadas de una Iglesia que se sabe mera custudia y transmisora de la Verdad salvífica e inmutable revelada por el propio Creador? ¿Pueden imaginar a un presbítero entre los primeros cristianos planteando a los paganos “pasar de la competencia a la colaboración”.

No, la impresión que transmite el lenguaje de este mensaje es casi empresarial, el de un alto directivo de una empresa en un sector maduro y a la baja dirigido a la competencia para repartirse el mercado.

¿Cómo podría no haber competencia? ¿Están exentos los musulmanes de la llamada urgente de Cristo de ir a evangelizar a todos los pueblos?

Y sigue:

“Todos tenemos el derecho y el deber de rendir testimonio del Omnipotente al Que rendimos culto, de compartir con otros nuestras creencias, en el respeto por su religión y sus sentimientos religiosos”.

¿Tenemos ese deber? ¿En qué sentido debemos “respetar” una religión que sabemos falsa? El sentido, digamos, ‘civil’, está perfectamente claro. Pero el mandato evangélico pone un claro límite a ese ‘respeto’ que no permite precisamente la ‘colaboración’.

Eso plantea una segunda e interesante cuestión, con respecto a ese “Omnipotente al Que rendimos culto”, a saber: ¿adoramos a un mismo Dios cristianos y musulmanes? ¿Cuándo empezó la Iglesia a expresarse como si fuera una ‘opinión religiosa’ más, una forma peculiar de culto a un Dios verdaderamente desconocido, tan válida como cualquier otra pero no más, y por tanto desligitimada para entrar en el ‘mercado de la competencia’?

Categories: Iglesia

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