En una entrevista a Vatican Insider, el cardenal Kasper relanza la posición de los obispos alemanes favorables a la intercomunión con los protestantes. Cita un documento conciliar y dos documentos de Juan Pablo II. Pero resulta que las citas de Kasper son forzadas y su significado alterado.

Gregorio de Nisa, uno de los padres capadocios, recuerda que Jesucristo “alecciona a los suyos para que estén siempre unidos en las soluciones de las cuestiones y en las valoraciones acerca del bien que hay que realizar; les anima a sentirse un único corazón y una sola alma, y a considerar esta unión el único bien”.

Con esta premisa hay que observar el debate sobre la llamada intercomunión, planteado por las directrices de los obispos alemanes que desean admitir a la comunión a los cónyuges protestantes de los católicos, y contra las que se han alineado siete obispos alemanes. Un inciso: el término intercomunión es, como mínimo, incomprensibile, porque la comunión ya es, de por sí, la unión entre personas. Para que haya dicha unión las personas deben adherirse -con respecto a la comunión eucarística- a la fe que profesa la Iglesia católica. Para los ortodoxos, la comunión eucarística entre cristianos es posible sólo si se comparte también la misma idea de Iglesia; por este motivo, ellos no conciben la intercomunión.

Sobre este tema ha intervenido el cardenal Walter Kasper con una entrevista en Vatican Insider, defendiendo que la comunión a los protestantes ya está prevista en un documento conciliar y en dos documentos de San Juan Pablo II. Se trata de una evidente, e inaceptable, manipulación. Veamos, por ejemplo, el decreto conciliar Unitatis Redintegratio, párrafo 8. El cardenal aplica a la llamada intercomunión (término que, por otra parte, también Kasper juzga inadecuado), “la comunicación en las funciones sagradas” que el párrafo aplica a la oración unánime, como reza también el propio título.

De hecho, la comunicación en las funciones sagradas tiene grados distintos y no parece que, aquí, el decreto sobre el ecumenismo se refiera a los sacramentos, sino sólo a la unión en la oración que después del Vaticano II se difundió especialmente entre los cristianos separados. Efectivamente, el mismo párrafo, poco antes, menciona las oraciones que se convocan para la unidad de los cristianos, junto a los hermanos separados. Estas son consideradas un medio muy eficaz -afirma el párrafo- para impetrar la gracia de la unidad y como expresión de los vínculos con que están unidos los cristianos entre sí. Por consiguiente, el párrafo no habla de sacramentos, sino sólo de oración unánime.

Por otra parte, los Hechos de los Apóstoles, en el célebre pasaje 2, 42, distingue la comunión de oración de la comunión en la fracción del pan, es decir, la Eucaristía. Por tanto, la expresión “comunión en las funciones sagradas”, como recita justamente el párrafo, no concierne a los sacramentos. La aplicación que realiza el cardenal está fuera de contexto.

La razón por la que el decreto conciliar no puede concernir a los sacramentos está vinculada también al hecho que, en determinados casos, los católicos pueden recibir los sacramentos, en especial la Eucaristía, sólo de manos de ministros no católicos cuya Iglesia tenga sacramentos válidos. En resumen, sólo de los ortodoxos, desde luego no de los protestantes (cfr. Can. 804, par. 2). Se comprende por qué la autoridad episcopal del lugar puede tener competencia sobre este nivel de la communicatio in sacris -es decir, la oración ecuménica-, pero no sobre el dogmático sacramental sobre el que tiene competencia la Iglesia universal. No se mantiene, por lo tanto, tampoco la teoría del caso particular que, según Kasper, en lo que atañe a los sacramentos, está guiada por el principio de la salvación de las almas.

En lo que respecta al n. 46 -no 24, como erróneamente ha dicho en la entrevista- de la encíclica Ut Unum Sint, el contexto está indicado por el título. “Convergencias en la palabra de Dios y en el culto divino”. La parte citada por Kasper no hace más que volver a proponer lo que afirma el mencionado párrafo 8 del decreto sobre el ecumenismo. También aquí Juan Pablo II reitera que los sacramentos de la eucaristía, de la penitencia y de la unción de los enfermos pueden ser administrados por parte de los ministros católicos, en determinados casos, a esos cristianos que manifiestan la fe que la Iglesia católica profesa en estos sacramentos. Parece obvio pensar que un protestante que manifiesta la misma fe católica en el sacramento, ya no es protestante.

En lo que respecta al párrafo 45 de la otra encíclica, Ecclesia de Eucaristia, la cita completa de la conclusión es: “En efecto, en este caso el objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la salvación eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar una intercomunión, que no es posible mientras no se hayan restablecido del todo los vínculos visibles de la comunión eclesial”.

¿Cómo es que el cardenal Kasper se ha saltado esta última parte? Y sin embargo, Juan Pablo II, en el párrafo precedente, el 44, insiste precisamente sobre la integridad de los vínculos para que la comunión eclesial sea completa, lo que manifiesta el deseo de los católicos de llegar a la verdadera comunión.

En la respuesta sucesiva, el cardenal da por sentado que los luteranos creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Hasta ahora sabíamos que ellos no creen en la transubstanciación. Tampoco vale alegar como atenuante el hecho que hay católicos que no saben lo qué es, porque esto depende de la ignorancia catequética. En cambio, se debe preguntar a un protestante lo que se pregunta normalmente a un católico, si no ¿sobre qué base de verdad se construiría la unión de los cristianos? A este respecto hay que mencionar que en su visita a Alemania en noviembre de 1980, Juan Pablo II recordaba a los líderes cristianos lo que separa a católicos y protestantes: “lo que es de Cristo…”, sobre todo “los sacramentos”.

El cardenal admite también que en Alemania el problema es la indiferencia religiosa, siendo mínimo el interés hacia las cuestiones religiosas. Entonces, ¿por qué la Conferencia Episcopal alemana ha dato tanta importancia a la intercomunión? ¿Por qué no afrontar la secularización fomentando una nueva evangelización? Así, también quienes no son católicos pero tienen el deseo de compartir la Eucaristía conocerían, ante todo, la fe eucarística católica y caería el impedimento que actualmente hay.

En lo que respecta al resultado de la consulta entre los obispos alemanes y los dicasterios vaticanos, hay que recordar que la Iglesia católica no es una iglesia sinodal, en la que basta el consenso colegial de los obispos -como sucede en las iglesias ortodoxas-, porque es indispensable el ejercicio del ministerio petrino, que indica la ruta a toda la iglesia: el Papa no puede renunciar a esta tarea. La Iglesia católica es jerárquica, no sinodal. Los problemas pastorales se resuelven sólo si el “pasto” está constituido por la verdadera doctrina, como recuerda san Pablo en la segunda Carta a Timoteo 4, 2 -una carta pastoral, que es lo mismo que decir doctrinal-, en la que invita al discípulo a actuar con magnanimidad y doctrina (en griego: didaché).

En conclusión, el cardenal Kasper apela a la vida concreta intercambiando la fe católica en el primado petrino, que es objetiva -es decir, prescinde del hombre que se sienta en la cátedra de Pedro-, con la estima y el amor que, subjetivamente, “tienen muchos protestantes”. En cambio, para la fe católica, “el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (Lumen Gentium 23).

Precisamente, la creciente contraposición entre los obispos y, en consecuencia, entre los fieles, demuestra que esto, hoy en día, ya no es tan evidente.

 

 

Artículo original de La Nuova Bussola. Traducción de Helena Faccia para InfoVaticana.

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