“Cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder.”

Leemos en el libro del Apocalipsis: “Yo soy el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin…” así mismo encontramos en otra parte: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Todas las cosas han sido hechas por Él y nada de lo que existe ha sido hecho sin Él[1]. Se entiende entonces que nuestro Señor Jesucristo al ser principio del universo, es también su fin. Es bien sabido que la primera causa eficiente es también la última causa final; al haber comenzado por él, los siglos se constituyen en herencia de Cristo, es decir, el término de los siglos es Aquel por quien los siglos comenzaron. Así lo ha determinado el Padre, una herencia que no solo se entiende como que las almas y los pueblos son de Cristo, sino también que toda la historia se orienta hacia Él, es decir, Cristo es el término de la creación y de la historia, todos los siglos han trabajado para Él, de allí que la Iglesia no hizo más que tomar de los siglos aquello que había preparado Dios para ella.

Por todo esto es que Jesucristo es Rey de reyes, Señor de señores. Dice Daniel: “Yo miraba en las visiones de la noche y he aquí que, sobre las nubes, vino como un Hijo de hombre; él avanzó hasta el anciano y le condujeron ante él. Y éste le dio el poder, gloria y reinado, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominación es una dominación eterna que no acabará nunca y su reino no será nunca destruido…” Respecto a esto toda la Sagrada Escritura y la Tradición toda presentan unanimidad.

Por tanto Jesucristo es Rey, Rey por derecho de nacimiento eterno por ser Dios, pero también por derecho de conquista, de redención y de rescate.

Omnia potestas data es mihi in coelo in terra.” “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra.”

Esto es, en el orden sobre-natural como en el orden natural; orden espiritual y temporal. Esta verdad está a la base misma del catolicismo.

No podemos dejar de proclamar a tiempo y a destiempo que Cristo es Rey universal, reyes, naciones, pueblos, instituciones, sociedades, orden político, orden privado, todo debe estar a sus pies. Es lamentable ver un grueso de católicos que no solo no luchan por conseguir un estado gobernado por Cristo sino que se oponen, es de no creer. Hoy en día casi nadie habla del ideal católico de la restauración de la civilización cristiana, nadie habla del orden social cristiano. Es como si para ellos el universo no implicaría nada más que la conciencia individual, tal y como lo quieren poner las políticas más revolucionarias, al punto de tipificar como delito el exhibir un crucifijo. El católico cuyo corazón ha sido infectado con corrientes revolucionarias, a duras penas y acepta lo exigido por la Iglesia, incluso tenemos cardenales que no cesan en su esfuerzo por contradecir la doctrina tradicional de la Iglesia. Se evidencia en ellos su perverso modernismo, por más condenado que está, cuando dicen o piensan que no hay que darle valor de dogma a las enseñanzas que datan del “Syllabus” o de los preámbulos de la primera constitución del Vaticano, como si la verdad caducara según el tiempo. A estos traidores de Cristo les responde San Gregorio Magno en el comentario del Evangelio en que se cuenta la Adoración de los Magos al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad, el santo doctor se expresa en estos términos:

Los Magos –dice– reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de Rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien –prosigue–, hay algunos heréticos: sunt vero nonnulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que su Reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequaquam credunt.”

Esto, hoy en día, lo vemos expresado en católicos de corte liberal, católicos que se sienten tranquilos por creer en la divinidad y humanidad de Cristo. Pobres almas engañadas, no se dan cuenta que su herejía se plasmaba ya en tiempos del Papa San Gregorio Magno, herejía que no reconoce en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo, incluyendo el orden social.

Ya más cercano a nuestros días, podemos ver la insistencia del Papa Pio XI en estos puntos expuestos, concretamente en las encíclicas Ubi Arcano Dei y Quas Primas. En esta última encíclica nos exhorta diciendo: “Cuanto mayor es el indigno silencio con que se calla el dulce nombre de nuestro Redentor en las conferencias internacionales y en los Parlamentos, tanto más alta debe ser la proclamación de ese nombre por los fieles y la energía en la afirmación y defensa de los derechos de su real dignidad y poder.” Esta es pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción limitada a una sola época, esto es lo que desde Traditio Invicta defendemos.

[1] Comienzo del Evangelio de San Juan

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